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La piedra filosofal.

Hace ya unos años, tras una larga caminata, llegamos a la Laguna Negra. Con pocas ganas de hablar, y muchas de contemplar, cada uno se sentó donde pudo para proceder a devorar los bocadillos que sabían a gloria, fuese cual fuese su contenido y presentación. (El hambre no sólo agudiza el ingenio, sino que también provee de mayor claridad en cuanto a lo que son bendiciones terrenales)

En ese estado de ensimismamiento, una piedra me llamó poderosamente la atención. La estuve mirando durante un buen rato, era bastante grande, y cuanto más la observaba, más me parecía la reproducción de un monje perdido en su peregrinación. Sí, ahora veía su capucha, el bastón entre los brazos, el hábito hasta los pies… Pero no fue hasta haber acabado con el almuerzo, que la recogí del suelo. No sin cierto reparo, pesaba lo suyo, la mojé en la laguna para cargarla en la mochila y llevármela conmigo.

Una vez llegados a Madrid, la piedra ganó en belleza y valor. Limpia, y aislada de ese contexto tan hermoso, aun resplandecía más. Sin duda, me la iba a llevar a Barcelona, y la cargué en la maleta.

Llegado el día de vuelta, lo que menos recordaba era la piedra que había dejado al fondo de mi equipaje. Fue el agente del control en el aeropuerto quien me alertó de “ese bulto medio oculto”. Y… abierta la maleta, sosteniendo la piedra entre sus manos, me dijo “Lo siento mucho, pero “esto” no lo puede pasar sin embarcar.” Viendo mi expresión lastimera, cruzamos enternecedoras miradas (de una intensidad inusual entre viajante y agente) y, tras volver a a ojear el “vulgar mineral”, añadió con tono caritativo: “Pero… ¿Piedras como estas no las hay en Barcelona?”

Sonreí. No añadí ni una palabra más. Recogí la piedra, cerré la maleta, y me volví al mostrador de facturación.

Hoy esa piedra luce en mi despacho como una joya de las más preciadas.

Todo tiene la importancia que uno le quiere dar, pero cuando se la das, ella la tiene. La importancia ya no es tuya, es compartida.

¿Encontraste tu ya tu piedra filosofal? Estate vigilante, porque cualquier día de estos también te va a llamar esa vocación irrevocable, y entonces sabrás que ella, y sólo ella, grita por ti.

Foto1  Thanks to Roger Erdvig Unsplash

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