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En busca de la sensibilidad perdida.

El coreano Byung-Chul Han nos hablaba allá por el 2016 en uno de sus libros de la sociedad del cansancio como fruto de un exceso de positividad. Pero la pandemia lo ha cambiado todo. De la falsa positividad hemos pasado a mi entender a la falta de sensibilidad. Ya no estamos cansados, estamos hartos, hastiados, parece como si ya nada fuere relevante ante un mundo tan y tan cambiante, amenazador, global, normativo, impositivo. Uno se limita a cumplir o a incumplir, pero sin ir más allá de un modo puramente reactivo, sin imaginar nada distinto.

Desde esa poltrona, la nueva sociedad se me antoja la sociedad del espectáculo. A ver qué cuentan, a ver qué hacemos, a ver si algo cambia más allá del cambio que ya viene de serie.

La sociedad del espectáculo admite la vivencia pasiva (mayoritaria) pero también la vivencia activa (minoritaria) lo admite todo siempre que no sea nada “serio”, nada con verdadera carga de profundidad con resultados a medio o largo plazo. Dentro de lo inmediato todo vale, y cuanto más intenso, más espectacular, mejor. Más a favor de la insensibilización.

Date cuenta, de cómo en pocos años ha cambiado tu visión de los desastres naturales, de las pandemias mortales, de las guerras monumentales, de las atrocidades individuales…

Date cuenta por ejemplo de cómo sentiste la Guerra del Golfo y cómo sientes la del Líbano o la del enfrentamiento Israel-Palestina…

Sí, esto ya no es cansancio, es un insostenible atropello que no hace más que cultivar una insensibilidad creciente.

Pero ¿Qué hacer más allá de abrir los ojos y sentir nuestra impotencia?

El zen, el zen de las pequeñas cosas, siempre ha apostado por empezar por uno mismo, así es que voy a invitarte a recuperar tu sensibilidad (que es también tu sabiduría) a través de cuatro sencillos pasos de reconexión:

  1. Deja hablar a tu cuerpo. Préstale renovada atención. El cuerpo no miente. Déjale sentir, déjale sensar qué te ocurre.
  2. Reconecta con tu emoción ¿Qué sientes? Posiblemente te cueste definirlo, encontrarlo, muestra inequívoca del tiempo que llevamos sin emocionarnos fuera del electroshock telediario. Medita.
  3. Actualiza tu verdadera necesidad ¿Qué necesito? ¿Qué necesito más allá de la sociedad de consumo, más allá de este lamentable espectáculo?
  4. Habla sin ruido. Expresa abiertamente tu necesidad, sin exigencia, con todo el derecho a manifestar lo que te pasa, pero sin caer ni en la queja ni en la crítica que alimentan al “monstruo”. Deja claro, sin juicio ni obligada justificación, lo que personalmente agradeces, lo que aceptas y lo que no admites. Sin gritos, sin dramas. Con asertividad, con sensibilidad, con renovadas ganas de vivir en presente.

Photo by Chad Kirchoff on Unsplash

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  1. Leo tu artículo y me llega un profundo lamento en tus palabras, yo en mi proceso trato de ver la otra cara de la misma moneda. Como sabes desarrollamos mecanismos que nos insensibilizan por un instinto de evitar el dolor. El dolor que todos arrastramos puja por aparecer y se somatiza si no se le da espacio en el consciente. No creo que en esto seamos distintos de nuestros antepasados, y como dices es bueno escucharse y hacerse consciente y responsable, pero esto pasa por un camino de enseñanza a la que la mayoría todavía no ha tenido acceso.

    Yo en mi carácter positivo me gusta pensar que estamos atravesando el cambio en esta nueva era de Acuario. Qué poco a poco algo positivo va calando y tengo mucha esperanza en la gente y en su capacidad de transformación.

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      Manuel Villa says:

      Muchas gracias Marta por tus atinados comentarios.
      Como bien sabes, estoy absolutamente contigo que en el camino de la consciencia y la honestidad está esa triunfal salida que auguras. No tengo tan claro que el pensamiento positivo sea la guía definitiva.
      Desde Seligman que ese pensamiento optimista es reconocido como un activo imprescindible, pero precisamente el amigo Byung-Chul nos alerta del riesgo de una sobredosis de esa vitamina tan golosa en su libro “La sociedad del cansancio”.
      Me gustaría pensar como tu en que algo va calando, pero soy más hombre de fe que de esperanza. Sin hechos, por pequeños que sean, no hay cambio. Si no personalizamos, si todo lo apostamos a la universalidad se nos va la fuerza en el grito. Y las palabras se las lleva el viento. La palabra vende, sólo el sentir se regala, de ahí que yo abogue por un hablar sin ruido. Un abrazo.

  2. Cuando empezó la pandemia, con las muertes, los contagios, los medios de comunicación sólo hablando del COVID (además en una única versión, sin discrepancias), sin trabajo, en ERTE, teletrabajando, aislados los unos de los otros, sin poder tocarnos, abrazarnos, creí percibir un aumento de sensibilidad en muchas personas, una vuelta a una “humanidad y honestidad” que todos desearíamos fuera permanente; una humanidad sin egoísmos ni egocentrismos, una humanidad solidaria y empática.
    Un año después y con una situación sanitaria mejorada que no ha permitido dejar de estar confinados, la sensación de “grupo” “de hacer piña””de estar unidos y conscientes” se ha evaporado…. somos los mismos de siempre, con nuestras prisas, nuestros egoísmos, nuestras faltas de respeto hacia los demás, nuestras preferencias materialistas (que no espirituales).
    Un mayor grado de consciencia, una mayor sensibilidad puede que haya permanecido en algunos (los que ya tenían el “terreno labrado”) pero en la gran mayoría no ha sido así.
    SI en un primer momento parecía que la pandemia aumentaba nuestra sensibilidad, para mi el resultado ahora mismo es más bien el contrario: menos sensibilidad, menos comprensión y respeto.
    Sólo queda, como dice Manuel, trabajar el crecimiento personal y las acciones individuales para vivir el presente con ganas.

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      Manuel Villa says:

      Gracias por tu comentario, Natalie.
      Lamentablemente coincido contigo. Mi sensación hoy por hoy es que la pandemia no sólo no nos ha hecho más responsables, sino que ha acerado la pulsión de un Carpe Diem egoísta y desmedido. Parece haberse instalado la idea de que frente a grandes males, más control o más descontrol pero en ningún caso veo más confianza ni más cuidado.
      La agresividad está a flor de piel, la economía huyendo hacia adelante (más consumo, más “progreso” para compensar el “lapsus”) la política perdida en absurdos enfrentamientos (¿Qué más tiene que pasar para que los políticos entiendan que no estamos para más espectáculos como los que están ofreciendo?)
      En fin, sigo pensando que sólo la toma de conciencia individual podrá ir abriendo camino a esa nueva era que todos esperamos pero que no todos vemos cerca.
      La oportunidad era obvia, es obvia, no la desperdiciemos engañándonos con una imagen de soluciones prefabricadas por los medios de comunicación.
      Aupa ahí!! Seguimos cuesta arriba.

  3. ¡Había tan buen principio!
    Tal parecía que se iba a proponer una acción que implicara un cambio, pero no,de vuelta a la introspección, a retraerse hacia uno mismo..
    Por otra parte llevo unos días presiguiendo estos consejos, he dejado hablar a mi cuerpo y cuando el viernes se nos acercó un coche de la policía y el copiloto desde dentro nos dijo que nos pusiéramos las mascarillas, le contesté que sí, que sí, pasando de él y diciendole a mi amigo, el pobre estaba muy apurado, que viniera y que ni caso, ayer en el parque de Cervantes a las 7 de la mañana, al ver la tirolina para peques que hay allí, me tiré un montón de veces, hoy he hecho una siesta de una hora antes de comer, y luego he seguido vagueando…va a ser cierto que es verdad que sienta muy bien hacer lo que pide el cuerpo…aunque al inicio he pensado que ibas a organizar un comando…en fin quizás en otra ocasión

    Ciao baby

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      Manuel Villa says:

      Cuanto agradezco tu frescura Meri!! Y cuanto me alegra ver que das rienda suelta a tu baby!!
      No hacen falta comandos para organizar “la revolución”. La revolución empieza por uno mismo o no empieza.
      Encantado de observar que has dado pistoletazo de salida.
      No hace falta correr. Basta con parar (de hacer el tonto)