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Sin límites no hay territorio que te acoja.

Una de las palabras que ha vuelto a ponerse de moda es la de libertad: libertad de expresión, libertad de decisión, libertad de acción…

Desde aquello de “Liberté. Égalité. Fraternité.” han pasado muchas cosas, y la palabra había caído en un cierto ostracismo fruto de una férrea cultura del esfuerzo que la enfrentó al libertinaje. Pero todo tiene su momento, y en plena era de pandemias, cambios climáticos y dramáticas migraciones el clamor a la libertad vuelve a oírse alto y claro, aunque muchas veces con sentidos contrarios.

Mi particular opinión al respecto es que no hay libertad sin responsabilidad. Ambos conceptos van intrínsecamente unidos tanto en el ámbito social como personal.

No voy a entrar en lo social que nos llevaría irremediablemente a lo político y ese es un territorio que no incumbe a esta tribuna. Pero sí en lo personal, individual.

En ese “jardín” más próximo y sentido, opino que sin límites no hay territorio que nos acoja. Me explicaré.

Los niños que hemos crecido sin límites, o con limites excesivamente rígidos, arrastramos el vicio de construir relaciones difíciles: autistas (disociadas) dependientes, sumisas o agresivas.

Reconocer y aclarar nuestros límites y los límites de nuestras parejas, hijos, amigos o conocidos ayuda mucho a crear buenas relaciones. La claridad en las consignas, o simplemente la humilde expresión de nuestras necesidades, genera vínculos limpios y de confianza. Y la confianza es la clave para el compromiso. Sólo la confianza es base para la convicción y los acuerdos sólidos y duraderos.

Lo malo es que si no lo trabajamos bien se va instaurando aquello de “Va a ser peor el remedio que la enfermedad.” “Ya lo he intentado mil veces y no ha funcionado.” “Voy a levantar la liebre y se va a liar aún más el tema.” Y se genera un freno insalvable que construye “bolas de nieve”.

Es más, la claridad no está reñida con la flexibilidad, al contrario. Sólo unos límites claros admiten un sano juego de permisos. Es cuando no se dan límites claros que a la flexibilidad se la llama confusión.

Démonos cuenta de que sin claridad, hay manipulación, consciente o inconsciente, y ahí es donde reina la confusión que nos llevará sin duda a una tras otra decepción.

Mmm… y llegados a este punto me planteo: ¿No será todo ello tan válido para nuestro diálogo interno como externo?

Ahí os lo dejo para vuestra reflexión. Sentiros totalmente libres para opinar, cualquier comentario será bienvenido. Feliz fin de semana.

Photo by Federico Alegría on Unsplash

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  1. Mira por una vez estoy de acuerdo con lo que expones. Sin ninguna duda la libertad comporta responsabilidad. Pero lo que más me gusta de tu texto es la admisión de la realidad de una como de la otra, lo que en otros artículos me ha parecido negadas o al menos dudadas

    Y en cuanto a la claridad, qué necesaria es y qué ausente está con tanta frecuencia. Es tan frecuente conversar con personas que no acaban las frases, dan por sobrentendidas cosas, con el resultado de echar en cara cosas cuando los otros no han interpretado lo que supuestamente pretenden transmitir (o no, pero esa es una manera muy práctica de rehuir la responsabilidad, pues siempre el error es del otro)
    Ciertamente la falta de claridad no es mi caso, quizás eso conlleva una nula capacidad de seducción al no trasmitir misterio alguno…en fin

    1. Comenta el artículo

      Manuel Villa says:

      Siii. Por fin pleno acuerdo, Meri. Gracias por comentar (y por ser tan Meri-dianamente clara en todas tus apreciaciones)